Tras las puertas del palacio

«El mayor mérito del hombre, consiste en determinar sus circunstancia y no dejar que las circunstancias lo determinen a él.»

— Goethe.

El calor intenso de la ciudad nos envuelve esta tarde de julio y parece que emanara de las juntas de los adoquines para filtrarse por cada rendija. La ciudad ruge, el barrio hierve, los bares se despiertan de su letargo y los camareros discuten en la calle mientras apuran un cigarro entre mesa y mesa. En la academia de baile, la profesora se estira, apoyada en la barra y las campanas de la iglesia nos recuerdan que son las cinco de la tarde. Junto a ella, una cola de hombres y mujeres sin techo esperan a que abran las puertas del albergue de caridad, con su vida en una maleta.

Junto a la esquina de los ultramarinos, Malena ofrece los ramos de liliums blancos, rosas y naranjas que asoman del carrito, con los tallos a remojo, sin desesperarse ante el sol que atormenta sus flores ajándolas prematuramente. Frente a ella, la esteticista china se abanica apoyada en el quicio de su tienda, esta tarde sin clientes. Y sobre ellos, un cielo inclemente hostiga sin sombra a los turistas que hacen cola frente a la taquilla del tablao flamenco para reservar el espectáculo de esta noche.

El inmenso palacio, es un alma más de aquel micro mundo de la calle Esperanza. Erguido y vetusto, con sus gastados balcones coronados asomados sobre el bullicio de la gran ciudad, le recuerda al visitante que hubo un tiempo que ya no existe. Y el palacio permanece, debatiéndose entre olvidarse y luchar, entre el fasto y la cochambre.

Abro la puerta y cruzo el portón verde que lo resguarda de la mirada ajena, agradeciendo la serenidad silenciosa del patio que me recibe con una promesa de refugio entre sus muros de piedra. Despacio, sobre la alfombra rasgada, sintiéndome huésped en mi propia casa, voy subiendo la majestuosa escalera doble que se extiende hasta el segundo piso, adentrándome en la vida que se esconde tras las puertas del palacio.

NOLI ME TANGERE

«La vida, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes; héroes obscuros, a veces más grandes que los héroes ilustres»

Los Miserables, Victor Hugo

No se preocupe señora, acabo de limpiar el taxi con lejía.- me asegura vehemente el taxista cuando me monto contorsionándome para tocar las menos superficies posibles – mi mujer es asmática, ¿sabe? Me tiene aquí un cubo con un paño para que se lo pase al coche cada vez que algún cliente se baja. Me gustaría quedarme en casa, por ella, ¿sabe?,  pero tengo que trabajar. He tenido suerte de verla, llevaba ya tres horas en el taxi y es usted mi primera clienta.

Asiento, mientras bajo la ventanilla para que se vaya el olor a lejía y permanecemos callados todo el viaje, sumidos los dos en el mismo miedo. Prefiero pararme antes de llegar a mi casa, y con una sensación de auténtica forajida me permito andar un poco esta noche, aunque sea bajo la lluvia que lleva instalada unos días sobre la ciudad. Me acerca el datafono al que le pasa un gel desinfectante y me pide que sea yo quien pase la tarjeta para no tener que tocarla él. ¡Cuídese y mucha suerte! Le digo desde fuera del taxi por la ventanilla que he dejado abierta, cerrando la puerta con un codo.

Esquivo los charcos de la calle Esperanza, distraída, mientras me quito uno de los guantes para sacar las llaves del bolso, rebuscando, preocupada, con qué mano tocar y si lo limpio con agua o con nada, y sin verla venir me sorprende una sombra clavada, que en la noche sin luz, permanece allí parada. Delante del contenedor, la sombra esboza ahora a una mujer mayor, empapada, dos ojos vacíos, una bata mojada, con la mirada huida, desorientada, no sé bien sí ajena a la tragedia o por ella arrastrada, se apoya rebuscando comida cerca de la entrada. Doy un respingo. La esquivo, noli me tangere esta María Magdalena que la noche cerrada, ha dejado fuera, sin casa, en una esquina tirada.

Empujo el portón verde y respiro tranquila cuando éste se cierra, dejando atrás a la ciudad infectada. Mientras limpio con jabón las suelas de mis botas, pienso culpable en la señora que busca comida en la entrada, en los que no irán al trabajo mañana y ven, día tras día, su poca reserva mermada.

 ¿Somos conscientes del camino que nos queda, cuando la economía, degradada, lance a las calles a quienes ayer mimaba?

Mientras, en una de las calles del barrio, los parias, los desamparados, los miserables, a los que la mala suerte, la desesperación y el hambre ha reunido el azar en la cola, frente al bar de Rubén, que adelantándose a lo que espera, les sirve gratis comida desde la ventana, sin esquivar su responsabilidad, en medio de la tormenta.

SILENCIO. CRÓNICAS DE LA CIUDAD SITIADA.

«Respóndate retórico el silencio:
cuando tan torpe la razón se halla,
mejor habla, señor, quien mejor calla
«

Calderón de la Barca, La vida es sueño.

Una de las sensaciones más abrumadoras de esta cuarentena es el silencio ensordecedor de la ciudad sitiada. Callan los adoquines del patio, desprovisto de vida alguna. Callan los clientes en la calle mientras hacen cola frente al supermercado, separados por dos metros de distancia, con cuidado de no respirar. Calla el autobús que baja vacío de pasajeros. Callan las tiendas, los bares y las flores que adornan las paredes de la calle Esperanza y enmudecen los balcones cerrados del palacio, desde los que sólo asoman algunas luces a través de las rendijas de las mallorquinas celestes.

Y mientras la ciudad calla, acongojada y a la espera del recuento diario oficial, esta recién estrenada forma de vida nos habla de costumbres nuevas, a las que nos adaptamos a marchas forzadas. Y así, empezamos a blindarnos antes de salir y a limpiar todo antes de entrar, para seguir conservando nuestra casa como zona franca. Nos acostumbramos a que nos esté permitido no salir, no comprar y no gastar, olvidándonos de mirar los anuncios y aprendemos a dar y a recibir llamadas y mensajes de personas para preguntarnos si estamos bien, con toda la naturalidad.

Aprendemos a agradecer, aplaudiendo desde el balcón a las 8 de la tarde y a no comprar más de lo que necesitamos, pensando en no acumular, perdonamos que falten existencias y aceptamos que no está todo a nuestro alcance. Aprendemos a charlar con el portero, otrora cancerbero implacable, que se convierte poco a poco en un amigo, ahora que tenemos permiso para mostrar humanidad, asomada nuestra alma desde las trincheras de nuestras mascarillas. Y nos preguntamos si el dueño del bar estará pasando apuros o qué pasará con aquella tienda, ahora que todo está vacío y podemos ver a los demás. Y ahora que vemos a los demás, igualmente nos ven ellos y mi vecina me deja un pan casero colgando del picaporte de mi puerta, compartiéndolo con su mejor intención, retirándose después, paradójicamente, a tres metros antes de que yo abra la puerta. Y estamos ahora más cerca que nunca, cuando nunca habíamos estado tan lejos.

Comenzamos a contar los días por las cosas nuevas que aprendemos en vez de por las que hacemos, y las horas por las largas llamadas, en las que ya nadie está preso de un reloj cuyas agujas no marcan ya rutina alguna.

Y así transcurren los días, detrás de las puertas del palacio, en un silencio sólo interrumpido por el tañer de las campanas a las 6, que llaman a la misa sin fieles.

QUARANTA GIORNI

Acostumbrados a ver en las noticias la ciudad en cuarentena de Wuhan, se nos aparece imposible que se cierna sobre nosotros la misma imagen en nuestro alegre y soleado barrio. En pocos días, las noticias de un próximo estado de alarma vuelan por la ciudad, dejando vacíos los estantes del supermercado. La imagen de las estanterías desnudas, lejanas de nuestra abundancia habitual, llena de pánico los carros abultados delante de mí. Camino a casa, esta insólita tarde de viernes, resonando mis pasos en la ciudad desierta, resistiéndome a dejarme llevar por la alarma social. La ciudad, quieta y a la espera, respira una tormenta en calma, sin saber aún qué nos espera.

Las noticias de una cuarentena prolongada circulan y muchos vecinos abandonan la ciudad infectada temiendo que ésta se cierre, mientras los comercios desiertos, nos devuelven la visión de un Oriente ya no tan lejano.

Llego a mi casa, un poco avergonzada por haber comprado mucho más de lo que hubiera hecho diariamente, dejándome llevar por la impulsividad, aun sabiendo que el suministro está garantizado. ¿De verdad es esto lo mejor que puedo sacar de esta crisis? ¿Acumular? Me pregunto arrepentida mientras me quito los guantes y veo las tres bolsas de comida que se alinean en la entrada. Me prometo no desperdiciar ni una gota ni volver a comprar hasta que sea necesario.

Contemplo abatida las bolsas de comida ¿así vamos a afrontar la crisis? Un pensamiento me aparta de mis miedos y pienso que de los cobardes nunca se ha escrito nada. La cuarentena es ya una realidad pero está en nosotros transformarnos con ella, sin dejarnos vencer por el pánico latente. ¿Y si fuera una oportunidad de hacernos resistentes a una forma adversa de vivir que desconocemos? ¿De volvernos productivos frente al tedio forzado? ¿Alegres aún ayunando del ocio externo que nos está vetado? ¿De levantarnos a solas un espíritu al que el consumo ya no puede ayudar? ¿Y si esta parada obligatoria, fuera el mejor momento para dar de alguna forma que aún desconocemos, siendo creativamente solidarios?

Cuaresma, este tiempo del año en el que vivimos, desde el miércoles de ceniza hasta el domingo de Resurrección significa cuarentena, en memoria de los cuarenta días que Jesús ayunó en el desierto.

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