SILENCIO. CRÓNICAS DE LA CIUDAD SITIADA.

«Respóndate retórico el silencio:
cuando tan torpe la razón se halla,
mejor habla, señor, quien mejor calla
«

Calderón de la Barca, La vida es sueño.

Una de las sensaciones más abrumadoras de esta cuarentena es el silencio ensordecedor de la ciudad sitiada. Callan los adoquines del patio, desprovisto de vida alguna. Callan los clientes en la calle mientras hacen cola frente al supermercado, separados por dos metros de distancia, con cuidado de no respirar. Calla el autobús que baja vacío de pasajeros. Callan las tiendas, los bares y las flores que adornan las paredes de la calle Esperanza y enmudecen los balcones cerrados del palacio, desde los que sólo asoman algunas luces a través de las rendijas de las mallorquinas celestes.

Y mientras la ciudad calla, acongojada y a la espera del recuento diario oficial, esta recién estrenada forma de vida nos habla de costumbres nuevas, a las que nos adaptamos a marchas forzadas. Y así, empezamos a blindarnos antes de salir y a limpiar todo antes de entrar, para seguir conservando nuestra casa como zona franca. Nos acostumbramos a que nos esté permitido no salir, no comprar y no gastar, olvidándonos de mirar los anuncios y aprendemos a dar y a recibir llamadas y mensajes de personas para preguntarnos si estamos bien, con toda la naturalidad.

Aprendemos a agradecer, aplaudiendo desde el balcón a las 8 de la tarde y a no comprar más de lo que necesitamos, pensando en no acumular, perdonamos que falten existencias y aceptamos que no está todo a nuestro alcance. Aprendemos a charlar con el portero, otrora cancerbero implacable, que se convierte poco a poco en un amigo, ahora que tenemos permiso para mostrar humanidad, asomada nuestra alma desde las trincheras de nuestras mascarillas. Y nos preguntamos si el dueño del bar estará pasando apuros o qué pasará con aquella tienda, ahora que todo está vacío y podemos ver a los demás. Y ahora que vemos a los demás, igualmente nos ven ellos y mi vecina me deja un pan casero colgando del picaporte de mi puerta, compartiéndolo con su mejor intención, retirándose después, paradójicamente, a tres metros antes de que yo abra la puerta. Y estamos ahora más cerca que nunca, cuando nunca habíamos estado tan lejos.

Comenzamos a contar los días por las cosas nuevas que aprendemos en vez de por las que hacemos, y las horas por las largas llamadas, en las que ya nadie está preso de un reloj cuyas agujas no marcan ya rutina alguna.

Y así transcurren los días, detrás de las puertas del palacio, en un silencio sólo interrumpido por el tañer de las campanas a las 6, que llaman a la misa sin fieles.

2 respuestas a «SILENCIO. CRÓNICAS DE LA CIUDAD SITIADA.»

  1. Gabriela que quieres que te diga que no lo haya hecho ya personalmente. Me encanta tu forma de escribir y estoy deseando leer el próximo capítulo de tu blog.

    Me gusta

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar