
«La vida, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes; héroes obscuros, a veces más grandes que los héroes ilustres»
Los Miserables, Victor Hugo
No se preocupe señora, acabo de limpiar el taxi con lejía.- me asegura vehemente el taxista cuando me monto contorsionándome para tocar las menos superficies posibles – mi mujer es asmática, ¿sabe? Me tiene aquí un cubo con un paño para que se lo pase al coche cada vez que algún cliente se baja. Me gustaría quedarme en casa, por ella, ¿sabe?, pero tengo que trabajar. He tenido suerte de verla, llevaba ya tres horas en el taxi y es usted mi primera clienta.
Asiento, mientras bajo la ventanilla para que se vaya el olor a lejía y permanecemos callados todo el viaje, sumidos los dos en el mismo miedo. Prefiero pararme antes de llegar a mi casa, y con una sensación de auténtica forajida me permito andar un poco esta noche, aunque sea bajo la lluvia que lleva instalada unos días sobre la ciudad. Me acerca el datafono al que le pasa un gel desinfectante y me pide que sea yo quien pase la tarjeta para no tener que tocarla él. ¡Cuídese y mucha suerte! Le digo desde fuera del taxi por la ventanilla que he dejado abierta, cerrando la puerta con un codo.
Esquivo los charcos de la calle Esperanza, distraída, mientras me quito uno de los guantes para sacar las llaves del bolso, rebuscando, preocupada, con qué mano tocar y si lo limpio con agua o con nada, y sin verla venir me sorprende una sombra clavada, que en la noche sin luz, permanece allí parada. Delante del contenedor, la sombra esboza ahora a una mujer mayor, empapada, dos ojos vacíos, una bata mojada, con la mirada huida, desorientada, no sé bien sí ajena a la tragedia o por ella arrastrada, se apoya rebuscando comida cerca de la entrada. Doy un respingo. La esquivo, noli me tangere esta María Magdalena que la noche cerrada, ha dejado fuera, sin casa, en una esquina tirada.
Empujo el portón verde y respiro tranquila cuando éste se cierra, dejando atrás a la ciudad infectada. Mientras limpio con jabón las suelas de mis botas, pienso culpable en la señora que busca comida en la entrada, en los que no irán al trabajo mañana y ven, día tras día, su poca reserva mermada.
¿Somos conscientes del camino que nos queda, cuando la economía, degradada, lance a las calles a quienes ayer mimaba?
Mientras, en una de las calles del barrio, los parias, los desamparados, los miserables, a los que la mala suerte, la desesperación y el hambre ha reunido el azar en la cola, frente al bar de Rubén, que adelantándose a lo que espera, les sirve gratis comida desde la ventana, sin esquivar su responsabilidad, en medio de la tormenta.

